repertorio

febrero 13, 2018

mudanza


Octubre


La buena gente

El tipo no se cansaba de corregirla, de hacerle pasar vergüenza delante de cualquiera, de mencionar lo equivocado de sus opiniones.
El tipo tenía una aparente educación universitaria, cierto prestigio entre algunos, tal vez, tan miserables como él.
El tipo se llenaba la boca hablando a favor de la igualdad, de su interés por el progreso de aquellos que habían sido siempre los más desfavorecidos.
Pero también, con su florida verborragia, la atacaba como quien enseña algo, o lisonjea, haciendo gala de ese tonito insoportable que adoptan las maestras jardineras para hablarles a las madres de sus alumnos.
El tipo en la intimidad parecía un perro faldero. Ella notaba que la compañía lo envalentonaba. Era un pusilánime.
Entre cuatro paredes y sin público que le festejara sus dichos, el tipo era comprensivo, contenido, nunca demasiado punzante con las palabras y jamás de hecho.
Por eso, ella toleraba. No tenía marcas de golpes, ni cortes, ni de “caídas”. No contaba con ningún motivo “comprobable” de violencia.
Nadie, nadie, hubiera dicho jamás que él le faltaba el respeto con sus chistes inocentes. Tan compasivo (con la ignorancia de ella) en sociedad el tipo, y tan conveniente en la intimidad…
Ella se fue. No le importó que las cámaras filmaran descaradamente la cabeza partida del tipo con un palo de amasar. Así de bruta era.
Y él, tan buena gente…
La buena gente©
cb - 6 de diciembre de 2011

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