repertorio


febrero 13, 2018

Octubre


La buena gente

El tipo no se cansaba de corregirla, de hacerle pasar vergüenza delante de cualquiera, de mencionar lo equivocado de sus opiniones.
El tipo tenía una aparente educación universitaria, cierto prestigio entre algunos, tal vez, tan miserables como él.
El tipo se llenaba la boca hablando a favor de la igualdad, de su interés por el progreso de aquellos que habían sido siempre los más desfavorecidos.
Pero también, con su florida verborragia, la atacaba como quien enseña algo, o lisonjea, haciendo gala de ese tonito insoportable que adoptan las maestras jardineras para hablarles a las madres de sus alumnos.
El tipo en la intimidad parecía un perro faldero. Ella notaba que la compañía lo envalentonaba. Era un pusilánime.
Entre cuatro paredes y sin público que le festejara sus dichos, el tipo era comprensivo, contenido, nunca demasiado punzante con las palabras y jamás de hecho.
Por eso, ella toleraba. No tenía marcas de golpes, ni cortes, ni de “caídas”. No contaba con ningún motivo “comprobable” de violencia.
Nadie, nadie, hubiera dicho jamás que él le faltaba el respeto con sus chistes inocentes. Tan compasivo (con la ignorancia de ella) en sociedad el tipo, y tan conveniente en la intimidad…
Ella se fue. No le importó que las cámaras filmaran descaradamente la cabeza partida del tipo con un palo de amasar. Así de bruta era.
Y él, tan buena gente…
La buena gente©
cb - 6 de diciembre de 2011

Milagro para mi Patria


Putas de Flores


junio 11, 2014

ruego

A veces sueño que tengo un perro. 
Con la edad dividida en siete.
Empero, mal escrito y peor soñado, el perro tiene ese calor necesario, esa mirada sapiente y curativa.

A veces sueño que el perro es la vigilia. Delira y retoza, no avanza.
Y entre las cintas negras de la pereza y los recuerdos resecos de tanto tiempo, aún tiene aliento y humedad en sus ojos.
El dolor no le ha cambiado el pelaje; ni la falta de descanso, el entusiasmo.

Entiérrenme bajo el perro. 
Os lo ruego.

claudia bonoris - buenos aires - 11.jun.2014

julio 18, 2013

La balada del boludo

Por mirar el otoño
perdía el tren del verano,
usaba el corazón en la corbata,
se subía a una nube,
cuando todos bajaban.

Su madre le decía:
no mires las estrellas para abajo,
no mires la lluvia desde arriba,
no camines las calles con la cara
que ensucias la camisa;
no lleves tu corazón bajo la lluvia,
que se moja;
no des la espalda al llanto;
no vayas vestido de ventana;
no compres ningún tílburi en desuso.

Mirá tu primo, el recto,
que duerme por las noches.
Mirá tu tío, el justo,
que almuerza y se sonríe.
Mirá tu primo, el probo,
puso un banco en el cielo.
Tu cuñado, el astuto,
que ahora alquila la lluvia.
Tu otro primo, el sagaz,
que es gerente en la luna.

Tienes razón, mamá,
dijo el boludo.
Y se bebió una rosa.
No seré más boludo.
Y se bajó del viento.
Seré astuto y zahorí.
Y dio vuelta una estrella para abajo.
Y se metió en el subte.
Y quedaron las gaviotas en el río.

Entonces vinieron los parientes ricos
y le dijeron:
-Eres pobre, pero ningún boludo.
Y el boludo fue ningún boludo.
Y quemaba en las plazas
las hojas que molestan en otoño.
Y llegó fin de mes,
cobró su primer sueldo
y se compró cinco minutos de boludo.

Entonces vinieron las fuerzas vivas
y le dijeron:
-Has vuelto a ser boludo, boludo.
-Seguirás siendo siempre el mismo boludo.
-Seguirás siendo el mismo boludo siempre.
-Seguirás siendo un boludo siempre.

-Debes dejar de ser boludo, boludo.
Y, medio boludo,
con esos cinco minutos de boludo,
dudaba entre ser ningún boludo
o seguir siendo boludo para siempre.
Y subió las escaleras para abajo,
hizo un hoyo en la tierra,
miraba las estrellas.
La gente le pisaba la cabeza,
le gritaba: ¡boludo!
Y él seguía mirando a través de los zapatos.

Entonces
vino un alegre y le dijo: Boludo alegre.
Vino un pobre y le dijo: Pobre boludo.
Vino un triste y le dijo: Triste boludo.
Vino un pastor protestante y le dijo: Reverendo boludo.
Vino un cura católico y le dijo: Sacrosanto boludo.
Vino un rabino judío y le dijo: Judío boludo.
Vino su madre y le dijo: Hijo, no seas boludo.
Vino una mujer de ojos azules y le dijo:
Te quiero.
 
Isidoro Blaisten 
Concordia, Argentina, 12.ene.1933 
- Buenos Aires, Argentina, 28.ago.2004

septiembre 14, 2011

suerte


yo no me acuerdo de nada.
nunca estuve.

no lo noté y no lo notaron.

tampoco estoy ahora.

es igual: nadie se enterará.

es una verdadera suerte.


cb - bs.as.- 14.sep.11